Siglos antes de que Tolkien imaginara un “anillo de poder” como eje de su saga El señor de los anillos, la creencia en los embrujos de estas joyas recorría ya media Europa. En el siglo XIV, por ejemplo, se creía que en el anillo del papa Bonifacio VIII habitaba un demonio. Una reciente novela, “El anillo. La herencia del último templario” finalista del IV Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio, recoge esas creencias. Su autor nos las desmenuza en este artículo.

Artículo publicado en
Más Allá de la Ciencia, Mayo 2004

Anillos de poder

Anillos de poder

Les propongo un juego. Busquen anillos en los personajes de las representaciones escultóricas o pinturas cristianas de la Edad Media. O mejor, no. Para ahorrar tiempo, les adelantaré el resultado: no los van a encontrar, a no ser en manos de obispos o papas, y siempre sobre guantes blancos. Después de revisar cientos de pinturas y esculturas medievales, la única excepción que he encontrado ha sido sobre una escultura de alabastro tardía, ya del siglo XV, en la que la Virgen luce un pequeño anillo en su dedo meñique. Sin duda, un sello de reina.

Hasta bien entrado el Renacimiento no se ven anillos en manos de seglares en las pinturas italianas o flamencas. Después, su uso se popularizó. ¿Pero por qué esa ausencia de anillos en el medioevo cristiano cuando se usaron profusamente antes, en época romana? La respuesta está en el poder que simbolizaban. Sólo los grandes prelados o nobles de alcurnia podían usarlos. Incluso se conservan escritos en los que se advertía a la población sobre su uso. A finales del siglo XIV se multiplicaron por doquier las ordenanzas contra el uso de anillos y joyas. “Que ninguna mujer de cualquier estamento o condición, sea de Cervera, o no, se atreva a lucir piedras preciosas, anillos, joyas...”, decían las ordenanzas de Cervera de 1344, o en similares términos las de Barcelona de 1376. Hasta los albores del siglo XV esta situación no cambiará. Es, pues, lícito preguntarse a qué se debió ese miedo secular a los anillos.

La brujería

Es obvio que semejante prevención no provenía solo de la austeridad demandada a los buenos cristianos, sino del poder mágico que se les atribuía. Éstos fueron usados por judíos y moriscos al tiempo, que distinguían varios tipos de anillos: por un lado los sellos, de uso no sólo suntuoso sino jurídico y comercial; por otro, los anillos-amuleto con bendiciones escritas en hebreo ó árabe, y los que engarzaban una piedra preciosa. El uso de la cábala y conocimiento hermético por las comunidades judías y las misteriosas palabras escritas en sus anillos hacían que los cristianos les atribuyeran poderes ocultos, cuando no de brujería.

Es a esa tradición a la que se acoge la saga de El señor de los anillos, al referirse a una joya con inscripciones que semejan a caracteres rúnicos. Sin embargo, no fueron estos los más poderosos para judíos y árabes. Según ellos, los que llevaban piedras engarzadas eran los que introducían a sus poseedores en los terrenos de la nigromancia y la alquimia. Y es que, piedras y metales tienen en esas disciplinas poderes y simbolismos muy concretos, que pueden transmitir a sus propietarios. Así, Gaspar de Morales, en su tratado “De las propiedades maravillosas de las piedras preciosas” fechado en 1598 y que recogía saberes ocultos anteriores, indica que las perlas reflejan la naturaleza de Venus y Mercurio, y están situadas en el firmamento en la estrella Umbilicus Andromedae a 20 grados de Aries. Su virtud es contra la peste y calenturas maliciosas. Según él, el diamante encierra la naturaleza de Júpiter y su estrella es Caput Algol, situada a 18 grados de Tauro. Es bueno contra los malos sueños y fantasmas, y sirve para comprobar la castidad de la mujer si se coloca “cautamente bajo la cabeza de la mujer, estando dormida. Si fuere casta y leal a su marido se abrazará a él; si no se desviará y le huirá”.

Otro caso es el del rubí, piedra reina entre todos los minerales preciosos, y en las que tanto San Isidoro como Plinio encuentran cualidades como su capacidad para encerrar en sí mismas la fuerza de las estrellas o de disponer de sexo propio. Al rubí se le atribuyen tremendas fuerzas espirituales, por lo que el citado Gaspar de Morales no duda en referirse a San Epifanio para afirmar que el sumo sacerdote Aaron la llevaba en su pectoral o que uno extraordinario luce desde hace tiempo en una de las tiaras del Sumo Pontífice.

El Papa y el diablo

No fue ese el único rubí mágico en manos de los papas. Gracias a Felipe IV de Francia, también llamado el Hermoso, sabemos que en el anillo de Bonifacio VIII montaba un fabuloso rubí. De él este rey dijo que “escondido en su anillo papal, habita un demonio”, y con tal leyenda, le acusó no sólo de mantener largas conversaciones con ese espíritu maligno, sino incluso de fornicar con él. Aunque Felipe IV –el mismo que provocó la extinción de los templarios en el siglo XIV- fue un mentiroso redomado, sabemos que era un maestro en el uso del mejor tipo de mentira posible: aquella que tiene una base real. Y esa cita, junto al recuerdo de una historia contada por una amiga, pronto se convirtió en el núcleo de mi novela El Anillo: la herencia del último templario.

La historia de mi amiga, norteamericana de origen peruano, hoy ejecutiva en una de las mayores multinacionales publicitarias en USA, no tiene desperdicio. En su infancia, como tantas otras personas, tuvo abundantes experiencias premonitorias. Era capaz de adelantarse al futuro, pero esas vivencias la atemorizaban e hizo lo imposible por atrofiar aquel don. En una ocasión, le sucedió algo peculiar: tras heredar un anillo de una tía suya, su actividad onírica se incrementó de forma alarmante. Entre sus sueños se repetía con insistencia la caída de un caballo. Indagando en la historia de su familia, supo que su tía había sufrido una caída de caballo en las mismas circunstancias que ella soñaba y que le había dejado importantes secuelas. Mi amiga, claro, dejó de lucir el anillo.

Intrigado por la coincidencia de relatos, recurrí a las lecciones de filosofía yogui de Ramacharaka, y allí encontré, para quien la quiera creer, una respuesta. Dice este espiritualista hindú, en enseñanzas transmitidas a su discípulo Baba Bharata y traducido y divulgado en occidente por William W Atkinson a principios del siglo XX “podemos percibir los reflejos astrales de los registros akásicos de alguna escena o suceso particular por el contacto de algo material asociado con el suceso o escena. Parece que hay afinidad entre la partícula material de un objeto y la porción particular de los registros akásicos que contienen la historia del objeto en cuestión. Una partícula de metal, piedra, tela, pelo, abrirá la visión psíquica de las cosas que anteriormente estaban asociadas con ella en el pasado. La psicometría es una modalidad de clarividencia que establece un lazo de relación entre las personas o cosas o algún objeto relacionado con éstas cosas o personas. No es un diferente fenómeno físico, sino simplemente una modalidad que combina varias clases de clarividencia en sus manifestaciones”.

El anillo templario

Los templarios, tampoco usaban anillos, ni otras joyas ya que sus votos de pobreza así lo exigían. No así su Gran Maestre que al rendir sólo cuentas al papa tenía un rango muypróximo a éste y usaba símbolos de poder espiritual. Se dice que el gran maestre Guillermo de Beaujeu poseía un anillo como el de Bonifacio, que se perdió después de su heroica muerte defendiendo el último bastión cristiano en Tierra Santa, San Juan de Arce (ó Acre). La continuación de ésta historia se cuenta en mi novela. Curiosamente Felipe IV también acusó a los templarios de nigromancia, sodomía, etc.. tal como antes hizo con Bonifacio VIII, quemando vivo en la hoguera al último de los Grandes Maestres templarios, Jaime de Molay.

El anillo mágico de Rodolfo II
El emperador Rodolfo II de Habsburgo, nieto de Carlos V, fue considerado en su época el "emperador de los alquiminstas". Entre los objetos mágicos cuya posesión se le atribuyen está este anillo cabalista, uno de los tres que lució en vida. Fue descubierto en 1975, está hecho de oro y tiene cuatro piedras engarzadas de forma equidistante: un diamante, un zafiro, una esmeralda y un rubí. Y entre las piedras, grabados, cuatro signos del zodiaco: Capricornio, Libra, Cáncer y Acuario. Un amuleto en toda regla para "enlazar" el mundo terrestre y el celeste.

El anillo pitagórico

El número cinco fue asociado por Pitágoras a la sanación, por eso el pentagrama que aparece en este esquema renacentista de un anillo pitagórico se asocia a la salud. Sobre el aro se prevé que se engaste una gema talismánica con un pentalfa grabado en ella. Su uso se extendió en el oriente europeo como un eficaz método de prevención contra los ataques de espíritus malignos.

El misterio de las cruces templarias

En la búsqueda de escenarios para “El anillo” acudí a una iglesia fascinante. Mi interés aumentó al conocer que fue la sede en Cataluña de la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro. La parroquia de Santa Anna, a muy pocos metros de la plaza Cataluña, tiene un aspecto recoleto, casi clandestino. De hecho durante la invasión napoleónica fue clausurada por los ocupantes y dícese que usada por los resistentes.

Es un lugar escondido, de las gentes y hasta parece que del tiempo, y se accede a ella desde una plaza completamente rodeada por edificios modernos y cuyas dos puertas, una abierta hacia la calle Santa Anna y otra al pasaje Ribadeneyra, se cierran por la noche dando más protección y misterio al lugar.

Hay algo de temor, de recuerdo amargo, cuando en días como el uno de mayo los sacristanes esperan impacientes la salida del último de los visitantes para cerrarla de forma precipitada antes de su hora. ¿Absurdo miedo de que en pleno siglo XXI, turbas anticlericales la puedan dañar? ¿O es que los recuerdos quedan en la memoria de los lugares, igual que en la de las personas?

No en vano en 1936 las dos iglesias la vieja, que aún hoy podemos ver, y la nueva, un estilizado edificio neogótico fueron incendiadas. Quizá por ser monumento nacional, la vieja iglesia salvó sus muros, pero la nueva fue dinamitada y de ella sólo queda un lienzo de pared que limita la plaza.

Pues bien, buscando los símbolos del Santo Sepulcro, no encontré esculpidas en sus piedras del siglo XII, ninguna de las cruces de la Orden. Allí no estaba la cruz quíntuple que representa las cinco llagas de Cristo, sino otra bien distinta, una de brazos dobles, los dos superiores menores que los que se encuentran debajo, que resultó ser la “cruz patriarcal”. Fue ésta una divisa usada por el patriarca de Jerusalén, también conocida como cruz de Lorena y en España como cruz de Caravaca. Parece que originalmente fue la oficial del Santo Sepulcro, pero Godofredo de Bouillón, duque de Lorena y primer rey de facto de Jerusalén se la quitó, dándoles la quíntuple a cambio y adoptando en 1118 la patriarcal los templarios.

Pero lo sorprendente de la Iglesia de Santa Anna, es que después del incendio del año 1936, apareció escondida detrás de un altar una gran cruz patada. La cruz paté, inconfundiblemente templaria, es roja y poseé los cuatro brazos iguales, abriéndose en sus extremos exteriores. También se puede ver, hoy en día, coronando uno de sus tejados otra de esas cruces patadas.

La aparición de la cruz patriarcal en una sede del Santo Sepulcro puede tener explicación, a pesar de que la iglesia fue construida cuando se supone que dicha cruz era templaria pero, ¿de donde salen las cruces patadas? ¿Se continuaron los ritos templarios de forma clandestina en dicha iglesia? Ésta es la teoría que expongo en “El anillo”

Claro, que “El anillo” pretende ser una novela que, a parte de ofrecer cierta reflexión al lector, busca el disfrute de éste en su lectura. No es un ensayo histórico. Lo que no evita que todo lo descrito allí tenga una base sólida y que el estudio sobre la capilla de llamada “Dels Perdons” o “Del Santo Sepulcro” y la cripta perdida de San José, no sean estrictos y rigurosos.

Finalmente en dicha iglesia se encuentra el sepulcro de Miguel de Boera capitán general de las galeras españolas después en tiempos de Fernando el Católico y de Carlos V.

Quizá por eso en mi novela el Mediterráneo, en las costas Brava y Valenciana, se convierte en protagonista, junto al último de los Templarios, capitán de una poderosa galera.

Poco hay escrito sobre la faceta marinera de la Orden del Temple, sin embargo durante sus casi doscientos años de existencia se constituyó en la mayor potencia marítima de su época, transportando tropas, caballos y pertrechos para sostener las cruzadas en Tierra Santa y frenando, gracias a sus galeras de combate, la expansión marítima del Islam.